Aquellas Navidades



Veo los fantasmas que transitan mi casa abandonada. Las risas y algarabía surgen así de pronto como desaparecen. Desde la estancia hasta el comedor luces intermitentes decoran lo que algún día fue, y donde estuvimos los que éramos. La ley de la navidad dicta felicidad y amor al por mayor, e incluso aquellos que son incapaces de demostrarlo a lo largo del año, se ven obligados a forzar una sonrisa, mas bien tétrica en sus fríos rostros.
Me siento solo con un millón de recuerdos danzando alrededor, un gran baile de máscaras multicolores remueve el polvo de las habitaciones. Los miro apacible, entendiendo que todo viene y va, se acaba y vuelve cada año. Olor a ponche y buñuelos caramelizados escapan de los rincones para flotar en el aire acompañado de las envolturas de miles de regalos que me fueron entregados, gastados y renovados en mi memoria. Sonrío al tiempo que froto mis manos frente a mi boca fría y cuarteada por el tiempo, sale un vaho tibio que se pierde rápidamente. Me elevo y floto moviendo a los lados las memorias de aquellas navidades, de los días de celebración que me hacen vivir nuevamente.

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