Corazón



En esta relación tenía todo para ser feliz, incluso aquella daga clavada en el centro del corazón. Y tú esos hermosos ojos que fingían no verla; pero siempre -por debajo de los te quiero, las sábanas y el chocolate de los domingos- tratabas de sacarla y sanar lo más pronto posible la herida. A mi no me importaba mucho, casi llegaba a creer que la herida sanaría, sin quitar la daga, que mi carne rosa y a veces grisácea la abrazaría como lo hizo en otras ocasiones; con palabras y actos aun más hirientes. 
Cuando hacíamos el amor evitabas el tema y yo abrir los ojos, así intentábamos no hacer evidente lo palpable... Pero inevitablemente te acostumbraste a esa escena, y se te hizo fácil -al irte- poner otra daga al lado de la ya existente. 

Ahora, debo admitir que la tuya llega un poco mas profundo...

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