La llave a la felicidad



Pensaba en decirle la verdad, de una vez por todas -mientras recorría inquieta la estancia-. Cuando por fin él cruzó la puerta y con toda la calma colgó y acomodo su chaqueta en el perchero, la valentía y empuje que sentía empezaban a desvanecerse dentro. Como un hielo en espera, sentía como de su cuerpo emanaba una gran cantidad de líquidos, y las lágrimas amenazaban con aumentar aquel caudal. Lo miró cruzar el pasillo, pausadamente, hasta alcanzar la habitación para caer de un golpe en la cama; que se estremeció y luego todo volvió a la aparente calma. Mientras ella lo observaba parada en la puerta. En lo profundo de aquel silencio un sollozo se ahogaba en el interior del cuerpo del que fuera, hasta hace poco tiempo su compañero de viaje, el que le seguiría y daría cuenta de su existencia.

Pasaba los días sola, en casa, pensando como podría hacerse escuchar. Si al gritarle a su dios no se había dignado en responder, ahora creía que todo estaba perdido, que había una capa de realidad y ficción que la separaba inevitablemente de los vivos.

Recordaba la última escena de aquel día trágico y luego todo era calma, como entrar en una burbuja enorme y repleta de bruma blanca que no dejaba ver mas allá de sus pies, un paso a la vez hasta caer rendida y dormir una eternidad. Cuando por fin despertó, sentía marcado el tapiz de los sillones en su mejilla y sintió alivio, un sueño terrible -pensó, antes de suspirar profundamente. Para cuando sé dio cuenta que nada había sido un invento, resolvió en hablar de todas aquellas cosas malas que según su conciencia debían ser confesadas, para así ganar el sueño eterno, la llave a la felicidad.

Él cruza la puerta una y otra vez, es pausado. Traspasa el cuerpo de ella como una cortina tenue. Al mismo tiempo ella siente la vida vibrar dentro de él y le sigue hasta quedar anclada en la entrada de la habitación.
Cada noche se escuchan los mudos sollozos del hombre, mientras ella recorre la casa tratando de comunicarse, de liberarse y dejarle continuar.

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