Estupidez de una tarde de calor



Se aprende a vivir con y sin todo, con las envidias, con la mentira, los orgasmos y las estaciones que vienen y van; los inviernos parecen largos hasta que llega el verano y te sofocas. 

Aun no acabas de llorar la última mascota y llega una nueva. Te enamoras como la primera vez y te acostumbras para que luego se vaya también. Yo no me acostumbro a los besos pero después de tanto tiempo creo que no atán, ni los arrumacos, ni las caricias, el amor no une sin embargo las sonrisas si amarran, son una enredadera difícil de cortar.

Hablemos del dolor, es tan de mí que realmente casi olvido mencionarlo, ese maldito que te hace fuerte y se pega a tu piel como un bicho raro, y al final terminas aceptándolo, amándolo porque es el mejor indicativo de tu felicidad, cuando el se va eres feliz, estas bien al menos... un descanso -piensas-, luego vuelve y parece nuevo porque duele aun más profundo, corta y muele tu piel pero lo soportas, lo abrazas como a un niño perdido; es tu enemigo y prefieres tenerle cerca, monitorearlo; saber en que punto va a tomar fuerza y cuando va a diluirse para darte una tregua.

Yo digo que se aprende a vivir con nada teniéndolo todo, se aprende a vivir muriendo, a reír llorando y llega el punto en que no sabes si lloras de alegría o de dolor pero al final lo haces como un buen desfogue porque la vida sigue y aprendes también a vivir con eso aun después de haber intentado no hacerlo más.

Se aprende, se saborea, se plasma, se advierte y aun así avanzas. Se gime, se grita y pateas, se canta, se aguanta... y al final, sin saber por que te mueres.

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